Crear software para negocios tradicionales requiere entender primero cómo trabajan las personas en el terreno. No basta con aplicar las últimas tendencias tecnológicas; hay que observar cómo se mueve un palé en el almacén, cómo un conductor anota incidencias en ruta, cómo se coordina un pedido urgente entre ventas y logística o cómo se organizan turnos en una fábrica con picos impredecibles. Solo partiendo de esa realidad se puede diseñar un sistema que los equipos usen de verdad y no solo porque se lo manden.
Un buen diseño comienza por la interfaz: botones grandes, textos claros, colores que se vean bien bajo la luz del almacén o dentro de la cabina de un camión. La entrada de datos debe ser rápida: un escaneo, un toque, una voz si es posible. Nada de formularios largos que frenen el ritmo de trabajo. Al mismo tiempo, el sistema debe ofrecer información útil en el momento justo: alertas silenciosas en el móvil para el encargado, paneles resumidos para el gerente que revisa desde casa el domingo por la noche.
En España hemos visto ejemplos de sistemas mal diseñados que terminaron archivados porque nadie los entendía o porque ralentizaban más de lo que ayudaban. Los que funcionan son los que se construyeron escuchando al equipo desde el principio: preguntando qué les molesta del día a día, qué les haría la vida más fácil, qué nunca usarían aunque estuviera incluido. Esa escucha se traduce en soluciones concretas: un botón de “urgente” que avisa a todo el equipo, un mapa simple que muestra dónde está cada vehículo, un calendario de turnos que permite cambiarlos con dos clics respetando descansos legales.
Diseñar sistemas que funcionen para equipos reales es un ejercicio de empatía tecnológica. Cuando se consigue, el resultado no es solo eficiencia: es que las personas empiezan a valorar la herramienta porque les quita peso de encima en lugar de echárselo encima. Ese es el verdadero éxito que buscan las empresas tradicionales cuando deciden dar el paso hacia lo digital.
